Lo primero que te preguntaras es: ¿Por qué una vida más “surfera”? Porque el surfista no domina el mar, sino que aprende a moverse con él. Tiene equilibrio, flexibilidad, paciencia. Los clásicos literarios enseñan exactamente eso: a vivir sin que el alma se hunda, a mantener la mirada en alto aún en la tormenta, a encontrar sentido y belleza incluso en el caos.
El humor y la ligereza como virtud. Piensa en Don Quijote. ¿No es él el surfista literario por excelencia? Se cae, lo apalean, se burlan de él, pero sigue cabalgando porque cree que la vida vale más si se vive con ideales, con fe, con locura santa. Su alegría no viene de negar la realidad, sino de verla con ojos distintos. O piensa en Tom Sawyer, que convierte lo ordinario en aventura, o en Mujercitas, donde la ternura es una forma de valentía. Estas obras no solo entretienen, sino que enseñan una ética de la alegría: la capacidad de enfrentar el dolor, la pobreza, la soledad o la incertidumbre con imaginación, comunidad y esperanza.
Los clásicos como compañeros espirituales. La Odisea nos muestra que todo regreso vale la pena, aunque esté lleno de naufragios. Cien años de soledad nos recuerda que el amor y la memoria pueden salvarnos del olvido. Crimen y castigo nos introduce en el abismo de la culpa, pero también en la posibilidad del perdón. En todos estos libros hay una nota común: la vida duele, pero vale la pena. La belleza persiste. El bien es posible. Y la alegría no se improvisa: se cultiva, se aprende.
Te cuento algo, “Camino”, de San Josemaría Escrivá de Balaguer, es uno de los clásicos espirituales más leídos del siglo XX y XXI. Su permanencia y vigencia no es casual: responde a una combinación poderosa de claridad, profundidad, cercanía espiritual y una invitación radical a la santidad en medio del mundo. Necesaria es una columna completa para explicarte por qué “Camino” se ha convertido en el clásico espiritual más leído de los últimos años, motivación le tengo, espacio es lo que me hace falta.
Y es que sin lugar a duda frente a los tiempos difíciles, los clásicos son alas y anclas, cuando el mundo parece hundirse en lo efímero, leer a Tolstói o a Woolf es recuperar profundidad. Cuando todo parece banal y veloz, leer a Jane Austen es recordar la importancia de los vínculos, de la palabra, del carácter. Cuando todo se polariza, leer a Montaigne es recuperar el arte de la duda y la convivencia.
Los clásicos no son “viejos” —son antiguos como el mar—, y como el mar, nos enseñan a flotar, a remar y, con suerte, a volar sobre las olas. No para huir del mundo, sino para volver a él con más hondura, más compasión, y —sí— más alegría.
Leer clásicos no es una tarea académica: es una forma de vivir mejor. Nos enseñan a resistir con estilo, a sufrir con sabiduría, y a reírnos —de nosotros y del mundo— sin perder la ternura. Nos enseñan, en suma, a surfear la vida con alma, y a no renunciar nunca a esa mezcla hermosa de juego y profundidad. En tiempos difíciles, pocos actos son más revolucionarios —y más humanos— que leer bien, vivir con arte y mantener la alegría.
Luis Roberto González-Manjarrez.
El autor es abogado y escritor, intelectual pop y filósofo urbano y ya sin tanta crema a los tacos es un mazatleco orgulloso de su terruño.
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